Si eres seguidor del blog seguramente eres una de las millones de personas que disfruta con la compañía de los gatos. Estos animales son muy dulces y, si los tratas bien, pueden llegar a ser muy cariñosos. Sin embargo, hay muchas otras personas que no toleran estar cerca de ninguno de ellos y sienten un miedo muy intenso cuando ven un felino, incluso aunque sea desde lejos o en una simple fotografía.
La ailurofobia es un problema muy serio. Impide que aquellos que la tienen puedan visitar hogares donde haya gatos, e incluso caminar tranquilamente por la calle cuando se encuentran con alguno o creen que podrían encontrárselo. El temor puede aparecer con solo escuchar un maullido, ver un vídeo o imaginar la presencia de un minino. Veamos qué es y cómo se puede controlar para poder llevar una vida más tranquila.

¿Qué es la ailurofobia?
La ailurofobia, también llamada en algunos textos elurofobia, es el miedo persistente e injustificado a los gatos. La persona siente un terror desproporcionado ante estos animales, aunque sean domésticos, tranquilos y no representen ningún peligro real. No se trata de que a alguien no le gusten los gatos, sino de una reacción de ansiedad intensa que puede alterar gravemente su día a día.
La persona puede desarrollarla a raíz de una mala experiencia en su infancia o juventud, como un arañazo o un mordisco que haya vivido como traumático, o bien puede que el miedo haya sido infundado a lo largo de los años por comentarios, historias y creencias familiares. En ocasiones el origen es poco claro y la fobia parece surgir sin un desencadenante concreto, simplemente porque la persona es más propensa a la ansiedad o ha aprendido a asociar al gato con algo peligroso.
Es una fobia muy común. Durante la Edad Media se creía que los gatos, en especial los negros, eran portadores de la mala suerte y estaban ligados a la brujería y a lo sobrenatural. Esa visión hizo que se generaran mitos muy negativos que todavía hoy siguen influyendo en la cultura popular. Aunque poco a poco la humanidad se va concienciando de que esto no es así, la realidad es que aún quedan muchas supersticiones que no hacen sino alimentar este miedo irracional a los gatos.
Conviene diferenciar el miedo lógico que cualquiera puede sentir ante un gato realmente agresivo, de la ailurofobia como trastorno. En la fobia, el miedo aparece incluso cuando el animal está tranquilo, es un cachorro, está en una foto o ni siquiera está presente, y provoca un malestar muy intenso y ganas de escapar de la situación.
¿Cuáles son las causas más frecuentes?
Las personas con ailurofobia no nacen con este miedo, sino que lo desarrollan por una combinación de factores. Entre los más habituales se encuentran:
- Experiencias traumáticas previas: haber sido arañado, mordido o asustado por un gato en la infancia o juventud puede hacer que el cerebro asocie a todos los gatos con peligro, aunque la mayoría sean inofensivos.
- Aprendizaje por observación: si en casa hay alguien que expresa un miedo intenso o rechazo hacia los gatos, los niños pueden aprender a temerlos imitando esa reacción.
- Creencias erróneas y supersticiones: asociar a los gatos con la mala suerte, con el mal, o imaginar que van a atacar sin motivo favorece que el miedo crezca y se mantenga.
- Vulnerabilidad a la ansiedad: algunas personas tienen un temperamento más ansioso o rasgos de personalidad que facilitan el desarrollo de fobias específicas.
En muchos casos se combinan varios de estos elementos: una pequeña experiencia negativa, un entorno que refuerza la idea de que los gatos son peligrosos y una tendencia personal a preocuparse en exceso, terminan por consolidar la fobia.

¿Cómo sé si la tengo?
Las personas ailurofóbicas suelen reconocer que su miedo es exagerado, pero aun así sienten que no lo pueden controlar. Ante la presencia de un gato, o incluso ante la idea de encontrarse con uno, pueden aparecer síntomas como:
- Empiezan a sudar cuando están cerca de un gato, incluso aunque el animal no se acerque.
- Problemas para respirar, sensación de ahogo o de “nudo en la garganta”.
- Taquicardia, temblores, tensión muscular y sensación de pérdida de control.
- Ataques de pánico con una ansiedad tan intensa que la persona cree que va a desmayarse, enloquecer o que le va a suceder algo grave.
- Hipervigilancia constante: comprobar si hay gatos en la calle, en un portal o en casa de otras personas.
- Conductas de evitación: rechazar cualquier invitación de alguien que convive con un peludo, cambiar de acera, no visitar determinados lugares o incluso evitar ver fotos y vídeos de gatos.
Por esto, la primera reacción suele ser alejarse del animal y salir de la situación tan rápido como sea posible. A corto plazo eso alivia, pero a medio y largo plazo refuerza la fobia, porque el cerebro aprende que huir es la única forma de sentirse seguro.

¿Se puede controlar o solucionar?
Todas las fobias se pueden solucionar o, al menos, controlar. En psicología se consideran un tipo de trastorno de ansiedad y existen tratamientos muy eficaces, especialmente la terapia cognitivo conductual. Este enfoque ayuda a cambiar los pensamientos distorsionados sobre los gatos y a modificar, poco a poco, la reacción de miedo.
Yo misma tenía auténtico miedo a las serpientes y a los tiburones. Era ver una foto o un vídeo y mi corazón empezaba a latir más rápido de lo normal, mis manos sudaban y tenía que apagar el ordenador rápidamente si no quería sentirme peor. Ahora, tras ver muchísimos documentales y reportajes sobre estos animales, tras informarme sobre su comportamiento y su modo de vida, he llegado a un punto en el que siento verdadero respeto y admiración por ellos.
Por esto, te recomiendo que hagas precisamente lo que yo hice: infórmate sobre los gatos. Entender cómo se comunican, por qué se mueven de cierta manera o qué necesitan te ayudará a sustituir ideas catastróficas por explicaciones más realistas. Saber que un bufido, por ejemplo, es una forma de defensa y aviso, y no un ataque sin motivo, reduce mucho la sensación de amenaza.
Hay quienes te dirán que no te acerques a ninguno hasta que no estés preparado o preparada, y es cierto que no conviene forzarse bruscamente. Sin embargo, los tratamientos más eficaces se basan en la exposición gradual al estímulo temido. Si tienes oportunidad y siempre con seguridad, pasa algún tiempo con un gatito tranquilo, primero a distancia y luego un poco más cerca. No dejes que los pensamientos negativos te impidan disfrutar de la compañía del pequeñín. Más adelante, cuando hayas comprobado que realmente no pasa nada, trata de estar con un gato adulto en un entorno controlado.
Los psicólogos suelen trabajar con una jerarquía de situaciones: se empieza por aquello que provoca menos ansiedad, como ver fotografías, luego vídeos, después observar a un gato desde otra habitación, hasta llegar a acariciarlo si la persona lo desea. A este proceso se le llama muchas veces desensibilización sistemática, y va acompañado de técnicas de respiración y relajación para que el cuerpo aprenda a calmarse.
En algunos casos, también se utilizan herramientas como la realidad virtual o aplicaciones móviles que simulan encuentros con gatos, lo que permite practicar en un entorno aún más seguro y controlado. Y cuando la ansiedad es muy intensa, un profesional puede valorar apoyar el proceso con medicación ansiolítica pautada por un médico, aunque el pilar principal del cambio siguen siendo las técnicas psicológicas.

Todo está en tu mente. Las fobias son psicológicas, y si puedes llegar a controlar estos pensamientos, podrás superar tu miedo a los gatos o reducirlo hasta un nivel manejable. Quizás no te apetezca convivir con uno nunca, y eso también es válido, pero sí que te puedo asegurar que, con no poco esfuerzo mental y emocional y, si lo necesitas, con la ayuda de un profesional, podrás llevar una vida mucho más tranquila y sin que la presencia de un gato limite tus decisiones diarias.