Quien convive con un felino lo ha visto mil veces: el gato corre a la puerta cuando llegas a casa, levanta la cola, se roza con tus piernas… y, si eres hombre, quizá acompaña todo ese ritual con una auténtica serenata de maullidos. Para muchas parejas es casi un chiste doméstico: a ella apenas le suelta un par de sonidos; con él parece que el gato no se calla.
Lejos de ser una simple anécdota, varios trabajos científicos recientes se han propuesto descifrar por qué los gatos maúllan más a los hombres que a las mujeres cuando les dan la bienvenida en casa. La respuesta apunta a algo tan cotidiano como la forma en la que unos y otros escuchan, hablan y reaccionan ante su mascota, con matices importantes y bastantes interrogantes todavía abiertos.
Del cazador solitario al compañero de piso que manipula con maullidos
Antes de entrar en quién recibe más maullidos, conviene recordar que los gatos no se maúllan así entre ellos de forma habitual. En sus orígenes, eran animales mucho más solitarios y reservaban las vocalizaciones intensas, sobre todo, para la relación entre madre y crías o para conflictos puntuales.
Con la domesticación, el panorama cambió. A medida que empezaron a convivir con humanos, los felinos fueron incorporando nuevos sonidos para comunicarse con sus cuidadores, de una manera muy parecida a como un cachorro se dirige a su madre. Hoy se sabe que buena parte de esos maullidos están específicamente afinados para llamar nuestra atención.
Ya en 2009, un trabajo muy citado mostró que el maullido de muchos gatos se parece en frecuencia al llanto de un bebé humano, un sonido que a la mayoría de personas nos resulta imposible ignorar. No sería casualidad: estos animales habrían moldeado su voz para activar nuestros reflejos de cuidado, lograr comida, mimos o simplemente interacción social.
A diferencia de los perros, que pasaron por un proceso de domesticación más dirigido por las personas, los gatos se acercaron a los humanos sobre todo por interés: encontraron comida estable en nuestros asentamientos y, con el tiempo, les salió a cuenta adaptarse a nuestras costumbres. No es que nos adoraran de repente; descubrieron que llevarse bien con nosotros tenía ventajas muy claras.
Las investigaciones recientes han llegado a identificar hasta más de veinte comportamientos diferentes en los saludos felinos, entre posturas, movimientos de cola, roces y vocalizaciones. Y es dentro de ese repertorio donde aparece la diferencia entre hombres y mujeres que ahora se ha puesto bajo la lupa.
Un experimento en casa: cómo se estudió el saludo de los gatos

Estudiar a los felinos no es precisamente sencillo. Llevar un gato a un laboratorio y esperar que se comporte “normal” es casi una misión imposible, así que varios equipos han optado por lo contrario: observarlos en su propio territorio, el hogar.
En un trabajo publicado en la revista Ethology y liderado por la investigadora Yasemin Salgırlı Demirbaş en colaboración con especialistas como el psicólogo Kaan Kerman, se reclutaron cuidadores de gatos en Turquía para registrar sus saludos diarios. En total, se contó con unos 40 cuidadores adultos, de los que 31 cumplieron los criterios para el análisis final.
Las condiciones eran muy concretas: los cuidadores debían llevar al menos seis meses a cargo de sus gatos y los animales tenían que ser adultos, con una edad mínima de unos ocho meses. Además, los participantes firmaron un consentimiento para permitir el registro de audio y vídeo en sus casas, algo fundamental para poder estudiar el comportamiento espontáneo.
Cada voluntario grabó un vídeo diario de unos cinco minutos al llegar de trabajar o de sus estudios. En muchos casos se utilizó una cámara montada en el pecho, tipo GoPro, o el propio móvil, activado justo antes de abrir la puerta. El objetivo era capturar los primeros instantes del encuentro, sin posados, sin comandos y con la rutina tal cual.
Posteriormente, los investigadores se centraron en los primeros 100 segundos de interacción y, en casas con varios gatos, analizaron al primero que se acercaba. A partir de ahí, codificaron todo lo que hacía el animal: desde los maullidos hasta los bostezos, pasando por estiramientos, lamidos, acercamientos, roces y movimientos de cola.
En total, se recopilaron más de 20 tipos de conductas diferentes, medidas tanto en frecuencia (cuántas veces aparecían) como en duración (cuánto tiempo se mantenían), y se cruzaron con datos del cuidador y del gato: sexo de la persona, sexo del animal (gato o gata), edad, pedigrí o mestizo, tipo de adquisición (compra o adopción) y número de gatos en el hogar.
El dato que sobresale: más vocalizaciones cuando llega un hombre

Al revisar todas esas horas de vídeo y marcar una a una las conductas, la mayoría de parámetros no mostraron grandes diferencias en función de quién entraba por la puerta. Sin embargo, hubo uno que destacó de forma muy clara: las vocalizaciones, es decir, el conjunto de maullidos, trinos, gorjeos, pequeños chirridos y otros sonidos felinos.
El análisis estadístico reveló que el único factor que explicaba de forma consistente cuántas veces maullaba el gato en esos primeros segundos era el sexo biológico del cuidador. La edad del felino, que fuera de raza o mestizo, que hubiera más o menos gatos en casa o que hubiese sido comprado o adoptado no cambiaban sustancialmente el patrón.
En promedio, los gatos emitieron alrededor de 4,3 vocalizaciones cuando saludaban a un hombre, frente a unas 1,8 vocalizaciones cuando la persona que entraba era una mujer, en el mismo intervalo de 100 segundos. La diferencia no solo se dio en maullidos puros, sino en el conjunto de sonidos que usan para comunicarse con nosotros.
Los investigadores agruparon los comportamientos en dos grandes bloques: las conductas sociales afiliativas —acercarse, levantar la cola, frotarse contra las piernas, buscar contacto físico— y las conductas de desplazamiento, como bostezar, rascarse, lamerse o sacudirse, que a menudo sirven para canalizar la excitación o el pequeño estrés de la situación.
Ambos tipos de conductas aparecían tanto con cuidadores hombres como con mujeres, lo que indica que el saludo del gato es, sobre todo, un comportamiento social y no un truco directo para pedir comida. De hecho, en las grabaciones no se vio que los animales se dirigieran de forma sistemática al comedero ni que empezaran a comer nada más llegar el dueño, algo que matiza la idea de que “si maúlla es porque tiene hambre”.
Con todo, la diferencia en el número de vocalizaciones según el sexo del cuidador se mantenía incluso cuando se controlaban otros factores, lo que reforzó la impresión de que los gatos maúllan más cuando el que cruza la puerta es un hombre.
Hombres, mujeres y el arte (o no) de entender a un gato

Una vez detectada la diferencia, llega la gran pregunta: ¿por qué los gatos levantan más la voz con los hombres? Aquí entran en juego las hipótesis de los investigadores y los datos de estudios previos sobre interacción humano-animal.
El equipo turco propuso que muchos gatos han aprendido, con la experiencia diaria, que los hombres necesitan señales vocales más explícitas para percibir y responder a sus necesidades o estados emocionales. Es decir, cuando un gesto suave o un roce bastan para que una mujer entienda que el gato quiere atención, con un hombre quizá hace falta añadir un buen repertorio sonoro.
Otros trabajos ya habían mostrado que, en promedio, las mujeres tienden a hablar más con sus gatos, a usar tonos de voz agudos y cariñosos —similares a los que se emplean con los bebés— y a imitar más a menudo las vocalizaciones felinas. Esa forma de comunicarse puede hacer que el animal perciba a la cuidadora como más receptiva y “fácil de leer”.
En cambio, diversos estudios de comportamiento señalan que los hombres suelen interactuar menos de forma verbal con sus mascotas. Pueden ser muy cariñosos en el plano físico, pero emplean menos palabras, menos variación de tonos y menos respuesta inmediata a los sonidos del gato. El resultado, si se confirma la hipótesis, es bastante intuitivo: el felino sube el volumen hasta lograr la reacción que busca.
En palabras de los investigadores, muchos gatos parecerían haber llegado a la conclusión de que “los hombres no siempre escuchan”, así que ajustan su conducta y maúllan más, durante más tiempo o con mayor intensidad para asegurarse de que el mensaje llega. Es una forma muy gráfica de decir que el gato se toma la molestia de explicarse mejor cuando considera que delante tiene a un interlocutor algo duro de oído.
Más allá de la comida: maullidos, saludos y juego social
Una de las ideas que los estudios recientes ayudan a desmontar es la de que todo maullido es una petición de comida. Si así fuera, cabría esperar que, tras vocalizar, el gato intentara conducir a su cuidador hacia el plato, o que el viaje al comedero fuese una parte constante del saludo, algo que no se observó de manera significativa.
En muchas grabaciones analizadas, los gatos se limitaban a acercarse, levantar la cola, frotarse, maullar un poco y buscar caricias, sin mostrar un interés especial por la comida en esos primeros minutos. El saludo funcionaba más como un “ya estás aquí, te he echado de menos” o un “necesito contacto social” que como una urgencia alimentaria.
También se registraron comportamientos como estirarse con calma, enseñar el vientre, bostezar o lamerse, que encajan con un estado de tensión leve mezclada con expectativa positiva. La llegada del humano es un momento estimulante: cambia la rutina del hogar y abre la posibilidad de juego, atención o cuidados.
Todo esto refuerza la idea de que los gatos se dirigen de forma distinta a cada persona según cómo se haya construido la relación a lo largo del tiempo. Analizan qué funciona y qué no, cuáles de sus señales generan respuesta y cuáles pasan desapercibidas, y van ajustando su “lenguaje” individualizado con cada miembro de la casa.
Así, un mismo gato puede ser relativamente silencioso con una cuidadora muy atenta a sus gestos y, sin embargo, montar un concierto cada vez que el compañero de piso masculino cruza el umbral. No es tanto amor extra hacia uno u otro, sino una adaptación práctica a estilos de comunicación diferentes.
Limitaciones del estudio y dudas que siguen en el aire
Aunque los resultados son llamativos, los propios autores y otros expertos recuerdan que hay que tomarlos con cierta cautela. El principal motivo es el tamaño y la procedencia de la muestra: hablamos de unas pocas decenas de hogares, todos ellos en Turquía, un país con particularidades culturales en cuanto a roles de género y formas de relacionarse con los animales.
En ese contexto, los investigadores señalan que los hombres turcos tienden a ser menos expresivos verbalmente que las mujeres. Si esa diferencia es más marcada que en otros lugares de Europa, no está del todo claro si los resultados se replicarían igual en países donde los hombres hablen más con sus mascotas o las traten de forma distinta.
Varios especialistas citados en medios internacionales, como el biólogo evolutivo Jonathan Losos o la experta en comportamiento felino Mikel Delgado, han subrayado que también faltó controlar algunas variables relevantes: por ejemplo, cuánto tiempo llevaba el gato solo antes de la llegada del cuidador, el grado de hambre en ese momento o cuánto hablaba la persona con el animal durante la grabación.
Todo esto podría influir en el número de maullidos. No es lo mismo llegar a casa tras media hora que después de un día entero fuera, ni es igual entrar directamente hablando al gato que hacerlo en silencio. Incluso pequeñas diferencias en cómo hombres y mujeres siguieron las instrucciones del estudio podrían haber alterado los resultados.
Además, conviene no caer en generalizaciones excesivas. No todos los hombres son despistados ni todas las mujeres son expertas “traductoras” de gatos. Hay cuidadores masculinos muy sensibles a las emociones ajenas —humanas o felinas— y mujeres que se relacionan con sus mascotas de forma más distante. Lo que muestra la investigación es una tendencia media, no una regla rígida que se aplique caso por caso.
Pese a estas reservas, el equipo de investigación defiende que la diferencia encontrada es suficientemente consistente como para merecer ser explorada en mayor profundidad, idealmente con más participantes, en varios países europeos y con protocolos más afinados.
En cualquier caso, todos coinciden en un punto clave: los gatos sí “hablan”. Utilizan un repertorio complejo de gestos, posturas y sonidos para expresar estados emocionales y necesidades. El reto, tanto para la ciencia como para los dueños, es aprender a interpretar mejor ese mensaje, sea cual sea nuestro sexo o nuestra forma de comunicar.
Cuando un gato maúlla insistentemente a un hombre, no está necesariamente declarándole un amor desbordante ni montando un drama gratuito: está intentando que alguien menos sensible a sus señales sutiles le haga caso. Entender esta diferencia puede ayudar a mejorar la convivencia, reducir frustraciones en ambos lados y, de paso, recordarnos que ese misterioso compañero peludo está mucho más pendiente de nosotros de lo que a veces pensamos.
