Desde hace años, muchos dueños comentan entre risas que su gato parece hablarle más al hombre de la casa que a la mujer. Le reciben con una cascada de maullidos, trinos y ronroneos, mientras que con ella son bastante más discretos. Lo que parecía una simple anécdota doméstica está empezando a tener respaldo científico.
Un conjunto de investigaciones recientes, publicadas en la revista especializada Ethology y realizadas en Turquía, apuntan a que los gatos maúllan con mayor frecuencia e intensidad cuando quien entra por la puerta es un hombre. Y no porque les quieran más, sino porque, en términos de comunicación, muchos hombres necesitarían señales más claras para entender a sus felinos.
El maullido: un invento felino para comunicarse con las personas
Antes de convivir con nosotros, los gatos apenas utilizaban el maullido entre ellos en etapa adulta. Era, sobre todo, un sonido reservado a la relación entre las crías y su madre. Con la domesticación y la vida dentro de casa, han ido ampliando su repertorio de vocalizaciones específicamente para tratar con humanos, casi como si hubiesen desarrollado un “idioma” exclusivo para comunicarse con sus cuidadores.
Un trabajo clásico de 2009 ya apuntaba que el maullido felino ha evolucionado como una herramienta de manipulación hacia las personas. Muchos maullidos de solicitud se parecen en tono y ritmo al llanto de un bebé humano, un sonido que nuestro cerebro encuentra difícil de ignorar. Esa coincidencia no parece casual: aumenta las probabilidades de que el cuidador responda rápido.
A diferencia de los perros, que fueron seleccionados activamente por los humanos durante miles de años, los gatos se han “domesticado” casi por iniciativa propia, aprovechando la presencia humana para acceder a alimento estable y refugio. En ese proceso, ajustar sus vocalizaciones y su lenguaje corporal a nuestras reacciones les ha salido muy rentable.
Durante mucho tiempo se pensó que el maullido era un sonido más o menos genérico, pero los estudios actuales van mostrando que hay matices muy diversos según el contexto: saludo, demanda de comida, petición de atención, incomodidad o incluso protesta. En uno de los trabajos recientes se llegó a identificar hasta 22 comportamientos diferentes en la secuencia de saludo, entre vocalizaciones y gestos corporales.
Todo este repertorio parece estar al servicio de un objetivo bastante claro: conseguir que el humano haga algo, ya sea llenar el plato, abrir una puerta o simplemente ofrecer caricias.
Los hombres y las “sutilezas” felinas: por qué maúllan más a ellos

Uno de los estudios más citados sobre este tema se llevó a cabo con 31 gatos y sus cuidadores principales en Turquía. Los participantes, todos adultos, debían haber convivido con sus felinos al menos seis meses, y los gatos, tener como mínimo ocho meses de edad, es decir, estar ya en etapa adulta. Los investigadores pidieron a los cuidadores que grabaran en vídeo los primeros minutos al llegar a casa tras el trabajo o los estudios.
Para mantener la escena lo más natural posible, se usaron móviles o cámaras sujetas al pecho, activadas antes de abrir la puerta. Después, el equipo analizó de forma detallada los primeros 100 segundos del encuentro, prestando atención tanto a los maullidos como a otros comportamientos: acercarse, levantar la cola, frotarse contra las piernas, estirarse, bostezar, rascar, alejarse, jugar o visitar el comedero.
En total, los investigadores codificaron más de una veintena de conductas diferentes, valorando tanto cuántas veces aparecían como, en algunos casos, cuánto duraban. Las vocalizaciones —maullidos, gorjeos, trinos, ronroneos o pequeños gruñidos— se midieron en número y también en duración para obtener una imagen lo más completa posible del saludo felino.
El equipo se interesó por varios factores demográficos: sexo del cuidador, sexo del gato, edad del animal, si era de raza o mestizo, si había sido comprado o adoptado y si vivía solo o con otros gatos. Curiosamente, al realizar el análisis estadístico, casi ninguna de estas variables parecía influir de verdad en cuánto maullaban los gatos al saludar.
La excepción fue clara: el sexo biológico del cuidador. De media, en esos 100 primeros segundos de reencuentro en casa, los gatos emitían unas 4,3 vocalizaciones cuando saludaban a un hombre, frente a 1,8 cuando saludaban a una mujer. Esa diferencia se mantenía incluso controlando el resto de factores.
¿Qué hay detrás de esa diferencia? El papel del estilo comunicativo

Los autores del trabajo, entre ellos Yasemin Salgırlı Demirbaş y Kaan Kerman, plantean una hipótesis que muchos dueños de gatos reconocerán: las mujeres tienden a ser más verbales y a interpretar mejor las vocalizaciones felinas. En otras palabras, con un simple maullido suave o un gesto de cola, muchas mujeres ya intuyen si el animal quiere comida, contacto social o simplemente comprobar quién ha llegado.
Estudios previos sobre interacción humano-gato ya habían detectado que las mujeres hablan más con sus gatos, imitan con mayor frecuencia sus sonidos y muestran una sensibilidad mayor hacia los cambios en el tono o la intensidad de los maullidos. Esto encajaría con la idea, muy extendida en psicología evolutiva, de que la capacidad para descifrar vocalizaciones y expresiones sutiles fue especialmente importante en la crianza de bebés humanos.
En el extremo opuesto, la literatura científica y este nuevo trabajo apuntan a que los hombres, de media, suelen ser menos expresivos verbalmente con sus mascotas, o al menos hablan menos con ellas y prestan menos atención a los pequeños cambios en el tono de voz del gato. Eso no significa que las quieran menos, sino que su estilo de comunicación es distinto.
Según la interpretación de los investigadores, muchos gatos habrían “aprendido” que con los hombres hay que subir el volumen. Al percibir que sus señales más sutiles pasan desapercibidas, intensifican las vocalizaciones cuando el cuidador es varón, para asegurarse de que sus necesidades —comida, juego, contacto social— no se pierdan en el ruido del día a día.
De hecho, algunos etólogos resumen este comportamiento con una idea sencilla: los gatos ajustan su manera de comunicarse en función de quién tienen delante y es coherente con estudios sobre cómo elige el gato a su dueño. Analizan qué señales son más eficaces con cada persona y las repiten hasta conseguir lo que buscan, lo que refuerza aún más ese patrón.
Los saludos felinos: mucho más que pedir comida

Otro de los aspectos que desmontan estos estudios es la idea, muy extendida, de que los gatos solo maúllan para reclamar comida. Si ese fuera el único motivo, al oír la llave en la puerta lo lógico sería que corrieran hacia el comedero e intentaran guiar al cuidador directamente hasta allí, algo que no siempre ocurre en las grabaciones analizadas.
En muchos de los vídeos, los gatos se limitan a acercarse, levantar la cola, frotarse contra las piernas o tumbarse panza arriba, acompañando todo ello con secuencias de maullidos o trinos cortos. Los investigadores interpretan este conjunto de señales como un saludo social, una especie de “estás en casa, qué bien, ahora ven y hazme caso”, más que como una petición inmediata de alimento.
En el análisis se distinguieron dos grandes grupos de conductas: las sociales afiliativas —acercarse, frotarse, levantar la cola, buscar contacto físico— y los comportamientos de desplazamiento, como bostezar, lamerse, rascar o sacudir el cuerpo, que pueden ayudar al animal a gestionar la excitación o un ligero estrés ante la llegada del humano.
Lo llamativo es que, aunque esos gestos aparecían tanto al saludar a hombres como a mujeres, el número de vocalizaciones era claramente superior con los cuidadores masculinos. Es decir, la dimensión sonora del saludo se intensificaba con ellos, mientras que la parte corporal variaba menos según el sexo del dueño.
Los propios autores señalan que la motivación principal de estos saludos parece ser social. En la mayoría de casos, los gatos no iban directamente al cuenco ni empezaban a comer durante los primeros segundos de interacción. Parecen más interesados en comprobar quién ha llegado y en reestablecer el vínculo que en llenar el estómago al instante.
Limitaciones de los estudios y la importancia del contexto cultural
Varios expertos en comportamiento animal han acogido estos resultados con interés, pero también con cautela. Especialistas como Jonathan Losos o Mikel Delgado, citados en medios internacionales, subrayan que el tamaño de las muestras es relativamente pequeño y, sobre todo, que todos los participantes proceden de un mismo país: Turquía.
En ese contexto concreto, los roles de género y los estilos comunicativos entre hombres y mujeres pueden ser distintos a los de otros lugares, incluido España o el resto de Europa. Si en una cultura los hombres hablan menos con sus animales o expresan menos verbalmente sus emociones, es lógico que los gatos ajusten su conducta a ese entorno y maúllen más para llamar su atención.
Los expertos también apuntan a que no se controlaron ciertas variables potencialmente importantes, como cuánto tiempo había estado solo el gato antes de la llegada del cuidador, el nivel de hambre en ese momento o la cantidad de conversación humana dirigida al animal durante las grabaciones. Todos estos factores podrían influir tanto en el número de maullidos como en la intensidad del saludo.
Aun así, tras realizar análisis estadísticos específicos, el efecto del sexo del cuidador seguía apareciendo como significativo, incluso teniendo en cuenta otras variables. Eso no significa que el fenómeno sea universal, pero sí que la diferencia encontrada no parece fruto del azar en esa muestra concreta.
De cara al futuro, los equipos implicados han expresado su intención de replicar estos trabajos en otros países y culturas, para comprobar si el patrón —más maullidos hacia los hombres— se mantiene, se reduce o incluso se invierte dependiendo del lugar. Esa comparación internacional podría ofrecer pistas más claras aplicables a hogares europeos y españoles.
Qué implica todo esto para la convivencia con tu gato
Más allá de los detalles técnicos, estos estudios dejan un mensaje bastante claro: los gatos son observadores finos de nuestro comportamiento y ajustan su forma de comunicarse a lo que les funciona con cada persona. No todos los hombres son despistados ni todas las mujeres intuitivas, pero, en conjunto, los datos apuntan a tendencias generales que los felinos parecen haber aprendido a explotar.
Para cualquier cuidador, sea hombre o mujer, la clave está en prestar atención a las señales combinadas: tono y duración de los maullidos, postura de la cola, si se acercan o se mantienen a distancia, si se frotan o se muestran tensos, si buscan el comedero o simplemente compañía. Cuanto mejor se interpreten estos matices, menos necesidad tendrá el gato de subir el volumen.
Los etólogos coinciden en que no todos los maullidos son una queja ni una bronca. Con frecuencia, son simples intentos de iniciar interacción social o de reforzar el vínculo. Si el gato maúlla con insistencia al hombre de la casa, puede que no sea una declaración de amor incondicional, sino una forma un tanto ruidosa de decirle: “oye, espabila, que contigo tengo que explicarme más”.
Para muchos hogares españoles y europeos, donde las personas con gatos son más felices, comprender estas diferencias sutiles puede marcar la diferencia a la hora de reducir malentendidos y mejorar el bienestar del animal. Al fin y al cabo, aunque no hablen nuestro idioma, llevan tiempo intentando que les entendamos lo mejor posible.
Todo apunta a que los gatos no maúllan más a los hombres por capricho, sino por pura eficacia comunicativa: han descubierto que con ellos las indirectas no siempre funcionan y optan por un mensaje más sonoro. Y aunque los estudios disponibles se han realizado principalmente en Turquía y con pocos participantes, la idea encaja bien con lo que muchos dueños observan en casa y abre la puerta a seguir investigando cómo adaptan estos felinos su “idioma” particular a cada persona con la que conviven.