Larry, el gato que manda en Downing Street

  • Larry celebra 15 años como jefe ratonero en el 10 de Downing Street tras ser rescatado de un refugio en Londres.
  • Ha servido bajo seis primeros ministros, convirtiéndose en símbolo de estabilidad política y "poder blando" británico.
  • Su papel va mucho más allá de cazar roedores: recibe a líderes mundiales, protagoniza fotos y acumula cientos de miles de seguidores en redes.
  • Pese a su avanzada edad, sigue patrullando su territorio y es considerado un funcionario permanente, ajeno a los cambios de gobierno.

Gato Larry en Downing Street

En pleno corazón del poder británico, mientras los gobiernos se suceden y las crisis políticas van y vienen, hay una figura que se mantiene imperturbable: un gato atigrado gris y blanco que se mueve por el número 10 de Downing Street como si fuera su casa, porque en realidad lo es. Desde su cojín junto al radiador hasta el alféizar de la ventana, Larry se ha convertido en el inquilino más estable de la residencia del primer ministro.

Este domingo marca una fecha especial: se cumplen 15 años desde que Larry fue nombrado oficialmente Jefe Cazador de Ratones de la Oficina del Gabinete. En un país donde el cariño por los animales es casi una seña de identidad, el veterano felino se ha transformado en un símbolo de continuidad que, con cuatro patas y afición a la siesta, ha sobrevivido a una década de sobresaltos políticos.

Del refugio Battersea al centro del poder británico

Larry gato rescatado en Downing Street

La historia de Larry no empezó entre alfombras rojas ni coches oficiales, sino en un entorno mucho más modesto. Fue rescatado como gato callejero y alojado en el refugio Battersea Dogs and Cats Home, uno de los centros de acogida de animales abandonados más conocidos de Londres, donde compartía espacio con otros felinos de procedencia incierta.

En 2011, durante el mandato del conservador David Cameron, el número 10 de Downing Street afrontaba un problema muy terrenal: la presencia insistente de roedores en la sede del Gobierno. La solución fue tan británica como simbólica: adoptar un gato cazador. Así, el 15 de febrero de ese año, Larry cruzó por primera vez la famosa puerta negra para instalarse en la residencia oficial del primer ministro.

El perfil que figura en el sitio web del propio Gobierno británico lo presenta con un cargo tan solemne como pintoresco: «Chief Mouser to the Cabinet Office», jefe cazador de ratones de la Oficina del Gabinete. Más allá de las ratas, su biografía oficial detalla unas funciones que mezclan humor y protocolo: dar la bienvenida a los invitados, supervisar las defensas de seguridad y comprobar la comodidad de los muebles antiguos como zonas de descanso.

Obviando cualquier debate sobre pedigrí, el ascenso de Larry ha sido meteórico: de gato sin hogar a figura institucional con ficha oficial y función reconocida en el corazón de Westminster. Su llegada reflejaba una necesidad práctica, pero con los años se ha transformado en un elemento clave del relato político británico.

Quince años, seis primeros ministros y mucha estabilidad

Larry con primeros ministros en Downing Street

Si algo define a Larry es su capacidad para resistir donde muchos líderes han caído. Desde 2011 ha visto pasar a seis primeros ministros, sorteando referéndums, cambios de liderazgo, escándalos y alternancias de partido sin que nadie se planteara sacarlo de su puesto.

Su carrera en Downing Street arrancó con David Cameron, que dejó el cargo en 2016 tras el resultado favorable al Brexit. Después llegó Theresa May, arrastrada por las dificultades del divorcio con la Unión Europea y el bloqueo parlamentario que acabó forzando su salida. Con Boris Johnson, Larry fue testigo de los años del «partygate», las reuniones festivas en plena pandemia que sacudieron al Gobierno y terminaron por costarle el puesto al líder conservador.

Más tarde conoció a Liz Truss, cuya etapa al frente del Ejecutivo duró apenas 49 días, uno de los mandatos más breves de la historia moderna del Reino Unido. Después vino Rishi Sunak, que compartió residencia con Larry y con Nova, su labradora retriever, hasta el cambio de ciclo político de 2024.

En la actualidad, el gato sigue moviéndose con soltura en tiempos del laborista Keir Starmer. Mientras los gobiernos cambian y los partidos se disputan el poder, Larry mantiene su estatus de figura permanente, inmune a las urnas y a las encuestas. No pertenece al primer ministro de turno, sino que se considera un «funcionario» de la casa, lo que refuerza su condición de emblema institucional.

Esta continuidad no pasa desapercibida para los expertos. El historiador Philip Howell, de la Universidad de Cambridge, especializado en las relaciones entre humanos y animales, ha subrayado que los niveles de popularidad de Larry superan con creces a los de muchos líderes, y que su presencia encarna una forma de estabilidad muy valorada en el imaginario británico.

Un funcionario felino con cargo oficial y sueldo simbólico

Larry jefe ratonero en el numero 10

Más allá de la anécdota, la posición de Larry en la estructura del Gobierno británico tiene una base formal. Su título de Jefe Ratonero de la Oficina del Gabinete es reconocido de manera oficial y, a diferencia de las mascotas de muchos dirigentes internacionales, no figura como posesión privada del primer ministro.

Su carácter de «residente fijo» implica que no hace las maletas cuando cambia el inquilino del despacho principal. De hecho, cuando Cameron abandonó el cargo, tuvo que aclarar públicamente que no se lo llevaba con él: el gato «pertenece a la casa» y es el personal quien se encarga de su cuidado diario. Ese detalle reforzó la idea de que Larry está por encima de las idas y venidas de la política.

Otro aspecto llamativo es que su manutención no se financia con los impuestos de los ciudadanos. Sus cuidados son asumidos de forma voluntaria por el personal que trabaja en Downing Street, lo que subraya su condición híbrida entre compañero de trabajo y colega de oficina con rango especial.

El listado de sus obligaciones oficiales, tal y como figura en la web gubernamental, se relata con un tono irónico pero significativo: recibir a visitantes nacionales e internacionales, vigilar -a su manera- las medidas de seguridad, y certificar con sus siestas la calidad de sofás, sillones y muebles históricos. Su jornada laboral combina control de plagas, relaciones públicas y protocolo informal.

Esta mezcla de formalidad y humor ha contribuido a que Larry se haya consolidado como parte del «folclore» institucional del Reino Unido, reconocido tanto por la prensa local como por los medios internacionales que cubren la política británica desde Londres.

El cazador de ratones que prefiere las siestas

Larry gato cazador de ratones

La eficacia de Larry como cazador, al menos en términos estrictos, ha generado todo tipo de comentarios. Hay fotografías que lo muestran con algún ratón entre los dientes e incluso persiguiendo a una paloma que logró escapar, pero no son pocos los que apuntan que su pasión por la caza se ha moderado con los años.

El fotógrafo Justin Ng, que lleva tiempo cubriendo la actividad en Downing Street, lo describe con cierta sorna: «es más amante que luchador». Según relata, Larry destaca sobre todo por su capacidad para tumbarse a descansar en los momentos más inesperados y transmitir una imagen de absoluta despreocupación en medio del ajetreo político.

Lo que sí parece incuestionable es que el gato ha hecho suya cada esquina del edificio. Continúa patrullando su territorio con calma felina, inspeccionando pasillos, merodeando por el patio y el famoso portal, y eligiendo siempre los puntos más cálidos para sus siestas, especialmente un alféizar interior situado sobre un radiador junto a la entrada.

Con una edad estimada de entre 18 y 19 años, su longevidad destaca incluso en el mundo felino. En equivalencia aproximada a la edad humana, se hablaría de más de 90 años, algo que refuerza la percepción de Larry como un veterano con galones dentro del número 10. Aunque se ha ralentizado un poco, sigue mostrando una notable vitalidad para su edad.

Su aparente indiferencia ante las cámaras y los acontecimientos políticos refuerza su encanto. Mientras se negocian tratados, se preparan elecciones o se anuncian dimisiones, él se estira, bosteza y busca un buen lugar donde dormitar, ajeno en apariencia a cualquier crisis.

Estrella mediática y fenómeno en redes sociales

Larry gato famoso en redes sociales

La popularidad de Larry trasciende con creces el perímetro del barrio gubernamental de Westminster. Su presencia en la escena pública se ha visto amplificada por los medios de comunicación y, sobre todo, por las redes sociales, donde se ha convertido en una especie de comentarista irónico de la actualidad política británica.

En X (antiguo Twitter), existe una cuenta no oficial dedicada a Larry que se presenta en clave de humor y acumula alrededor de 880.000 seguidores, una cifra que muchos dirigentes envidiarían. Desde allí, el gato «opina» sobre el clima londinense, lanza dardos a la clase política y dedica menciones especialmente críticas a figuras como Nigel Farage, líder del partido antiinmigración Reform UK.

Su fama no se limita al entorno digital. Los primeros 100 días de Larry en Downing Street fueron recopilados en un libro titulado «The Larry Diaries», publicado en 2011, que narra en tono ligero sus primeras andanzas en la residencia del primer ministro. La obra reforzó su estatus de mascota más conocida del Reino Unido.

Los medios, tanto británicos como internacionales, recurren con frecuencia a su figura en reportajes, fotogalerías y crónicas sobre el clima político en Londres. No es raro que, ante una visita oficial o un cambio de Gobierno, las imágenes de Larry se utilicen como metáfora visual de la permanencia frente a la incertidumbre.

Ese papel de «poder blando» en versión felina ha sido señalado incluso por analistas y académicos, que ven en él un recurso comunicativo eficaz: encarna la idea de un país que, pese a los sobresaltos, conserva cierto humor y una peculiar normalidad cotidiana.

Protagonista de fotos, tropiezos y encuentros diplomáticos

Si hay algo que los fotógrafos que cubren Downing Street han aprendido, es que conviene no perder de vista al gato. Larry se ha especializado en aparecer justo en el momento en que los flashes se disparan, especialmente cuando un dirigente extranjero cruza la puerta del número 10.

Justin Ng explica que, ante la llegada de un líder internacional, los reporteros casi dan por hecho que el felino hará acto de presencia: tiende a situarse en las escaleras, tumbarse ante la puerta o colocarse en mitad del encuadre, robando unos segundos de protagonismo al invitado de turno. Su habilidad para «colarse» en las imágenes oficiales se ha convertido en parte del ritual de las visitas de Estado.

Entre los episodios más recordados figura su encuentro con el expresidente estadounidense Barack Obama, con quien se mostró sorprendentemente amistoso pese a su fama de ser algo reservado con los hombres. También hizo sonreír al presidente ucraniano Volodímir Zelenski durante una de sus visitas a Londres, paseándose con total tranquilidad por la entrada principal.

En 2019, durante la visita oficial de Donald Trump, Larry apareció en la foto de bienvenida y poco después decidió tumbarse bajo «The Beast», el vehículo blindado del presidente estadounidense, obligando a los agentes de seguridad a extremar las precauciones para no molestar al inesperado ocupante del asfalto.

Más allá de las cumbres internacionales, el gato también ha sido protagonista involuntario de algún percance doméstico. En una ocasión, provocó el tropiezo de un fotógrafo al cruzarse entre sus piernas en plena alfombra roja, recordando de forma bastante gráfica que, en Downing Street, las decisiones importantes conviven con escenas mucho más prosaicas.

Convivencias tensas y rivalidades entre gatos

La vida de Larry en Downing Street no se limita a los humanos. A lo largo de los años, ha tenido que aprender a compartir territorio con las mascotas de distintos primeros ministros, lo que no siempre ha sido sencillo.

Con Boris Johnson convivió con Dilyn, un mestizo de Jack Russell de carácter inquieto, y más tarde con Nova, la labradora retriever de Rishi Sunak. Aunque el reparto de espacios estaba razonablemente organizado, se han descrito momentos de cierta tensión entre el veterano gato y los recién llegados caninos.

Con la llegada de Keir Starmer, el escenario felino se ha complicado todavía más. La familia del actual primer ministro cuenta con dos gatos propios, JoJo y Prince, que residen en las zonas privadas de la vivienda. Para evitar conflictos, se procura que no coincidan con Larry, que continúa dominando las áreas de trabajo y las zonas más visibles del edificio.

La relación más famosa de Larry con otro gato, no obstante, fue la que mantuvo con Palmerston, el felino de la Oficina de Exteriores, situado al otro lado de la calle. Ambos protagonizaron auténticos enfrentamientos territoriales a la vista de las cámaras, con persecuciones y «broncas» que dieron la vuelta al mundo como si se tratase de un culebrón diplomático.

Palmerston terminó «jubilándose» en 2020 y se marchó posteriormente a las Bermudas, donde llegó a ser descrito como «consultor de relaciones felinas» del gobernador. Su muerte, conocida recientemente, cerró una de las rivalidades más seguidas por la prensa política británica, dejando a Larry como amo casi indiscutible del entorno de Downing Street.

Edad, salud y el debate sobre su futuro

Uno de los aspectos que más curiosidad genera en torno a Larry es su edad real. Downing Street evita precisarla y suele responder con un discreto «sin comentarios» cuando se pregunta directamente, pero las estimaciones más extendidas apuntan a que ronda los 18 o 19 años.

Ese cálculo convertiría a Larry en un gato excepcionalmente longevo, equivalente a una persona de más de 90 años. A pesar de ello, las crónicas que llegan desde el número 10 indican que mantiene buenas condiciones físicas para seguir patrullando, aunque con un ritmo más pausado que en sus años de juventud.

Su avanzada edad ha dado pie incluso a especulaciones sobre qué ocurrirá el día en que falte. En Reino Unido se ha llegado a hablar de planes informales para gestionar la comunicación pública de su eventual muerte, con rumores sobre un protocolo tipo «operación» similar a los dispositivos preparados para figuras de alto perfil.

Sea cual sea el alcance real de esos preparativos, lo cierto es que nadie duda de que su despedida tendría una enorme repercusión mediática y social. Su figura ha trascendido el papel de mascota del Gobierno para convertirse en parte del patrimonio emocional de muchos ciudadanos británicos y seguidores de la política internacional.

Mientras tanto, las personas que trabajan a diario con él aseguran que Larry sigue disfrutando de su rutina: rondas por el patio, siestas estratégicas, inspecciones discretas y alguna cacería ocasional, siempre bajo la atenta mirada de fotógrafos, periodistas y turistas.

Un símbolo de poder blando que fascina a Europa y al mundo

El fenómeno de Larry no pasa desapercibido en el resto de Europa. Desde España y otros países comunitarios se sigue con interés la peculiar relación entre el Reino Unido y su gato más influyente, que actúa como recordatorio de que la política también tiene su lado cotidiano y, a veces, entrañable.

Su figura encaja perfectamente en la tradición británica de utilizar símbolos informales para humanizar instituciones muy serias. Frente a las mascotas presidenciales de otros países, especialmente en Estados Unidos, que a menudo se perciben como parte de una estrategia de imagen, Larry mantiene un aire de independencia que refuerza su encanto.

El propio Philip Howell ha destacado que, a diferencia de muchos perros presidenciales, el gato de Downing Street no es fácil de «dirigir» para lograr la foto deseada. Tiende a sentarse donde le apetece, ignorar órdenes y mostrar preferencias personales por unas personas frente a otras. Esa falta de docilidad resulta, paradójicamente, uno de los motivos por los que tanta gente se siente identificada con él.

En un contexto de polarización y desgaste político, la imagen de un gato que aparentemente permanece al margen de las luchas de poder, pero que se asocia a la continuidad del Estado, ha adquirido un valor simbólico notable. No son pocos los comentaristas que señalan que expulsarlo de Downing Street sería un golpe de efecto muy mal recibido por la opinión pública.

No es exagerado afirmar que cualquier primer ministro que mostrara antipatía hacia Larry asumiría un considerable coste político. Como resumía Howell, un dirigente que no soporte a los gatos podría estar firmando su propio «suicidio político» en un país que sigue muy de cerca las andanzas del felino más famoso de Reino Unido.

Tras década y media instalada en el número 10, la historia de Larry reúne todos los ingredientes de un personaje ya clásico: origen humilde, ascenso inesperado, cargo oficial singular, protagonismo internacional y una legión de seguidores que supera con holgura a la de muchos responsables políticos. Que siga tumbado al sol en el alféizar del portal mientras el mundo observa dice mucho de cómo, en Downing Street, la estabilidad a veces tiene forma de gato atigrado con bigotes desafiantes.

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