La Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales, entrada en vigor hace mÔs de tres años, sigue generando debate y movilización. Su implementación no estÔ siendo uniforme en toda España, especialmente en lo que respecta a las colonias felinas, un asunto que ha llevado a numerosos colectivos a salir a la calle.
La norma, que afecta a propietarios, administraciones y gestores de animales, establece obligaciones claras y un rƩgimen sancionador que puede llegar a los 200.000 euros. Sin embargo, las reivindicaciones se centran en que se exija su cumplimiento efectivo.
Responsabilidad y sanciones segĆŗn la ley
El artĆculo 24.3 de la ley establece que el dueƱo serĆ” responsable de los daƱos que cause su animal, siempre que no exista provocación o negligencia de un tercero. Este principio se aplica tanto a daƱos fĆsicos como económicos. Por otro lado, el rĆ©gimen sancionador divide las infracciones en tres niveles: leves, con multas de 500 a 10.000 euros; graves, de hasta 50.000; y muy graves, de hasta 200.000 euros.
Estas cuantĆas, que se recogen en la normativa de bienestar animal, buscan disuadir comportamientos que atenten contra el bienestar animal. Sin embargo, la falta de inspección y control hace que muchas veces no se apliquen.
Colonias felinas: el incumplimiento de las administraciones
Uno de los puntos mĆ”s conflictivos es la gestión de los gatos comunitarios. La ley obliga a los ayuntamientos a desarrollar programas de gestión de colonias felinas, incluyendo esterilización, identificación y atención sanitaria. Pero desde plataformas como āLos Gatos Tienen Leyā denuncian que, mĆ”s de tres aƱos despuĆ©s, muchos municipios no han implementado estos programas.
Por eso, el pasado domingo 6 de septiembre, se celebraron 38 manifestaciones en toda EspaƱa para exigir el cumplimiento de la ley. En lugares como Lanzarote, las gestoras de colonias han convocado concentraciones con el mismo objetivo: que las administraciones asuman sus responsabilidades y dejen de recaer sobre los voluntarios.
Estas movilizaciones nacen del cansancio de las personas que cuidan de los gatos con recursos propios: alimentación, traslados, veterinarios y, en muchos casos, sin apoyo institucional. AdemÔs, se enfrentan a conflictos con vecinos y falta de protección.
La demanda es clara: āNo pedimos una nueva ley, exigimos que se cumpla la que ya existeā. Los voluntarios quieren colaborar, pero no sustituir a las administraciones.
Con todo, la ley sigue siendo un instrumento importante para proteger a los animales, pero su eficacia dependerÔ de la implicación de todas las partes implicadas.