
Las garrapatas y las enfermedades que transmiten se han convertido en un tema de salud pública que cada vez preocupa más, tanto en España como en otros países. Pasar un día de campo, hacer una ruta de senderismo o simplemente pasear al perro por una zona con vegetación alta puede bastar para acabar con una garrapata enganchada a la piel. Y aunque la mayoría de las picaduras no terminan en nada grave, algunas pueden dar lugar a infecciones serias si no se actúa a tiempo.
Conocer bien qué son las garrapatas, dónde se encuentran, qué enfermedades pueden causar, cómo detectarlas y cómo prevenir sus picaduras es clave para disfrutar del aire libre con tranquilidad. A lo largo de este artículo vamos a repasar de forma detallada todo lo que necesitas saber: desde la enfermedad de Lyme y la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo hasta otras infecciones como la babesiosis, la anaplasmosis, la ehrlichiosis o la fiebre maculosa de las Montañas Rocosas, además de las medidas prácticas de protección para personas y mascotas.
¿Qué son las garrapatas y por qué importan?
Las garrapatas son pequeños ácaros parásitos de la familia de los arácnidos, por lo que están más emparentadas con las arañas que con los insectos. Tienen ocho patas en su fase adulta y se alimentan exclusivamente de sangre de animales de sangre caliente: mamíferos (incluidos humanos), aves y, en menor medida, otros vertebrados.
Su tamaño puede variar mucho: una garrapata sin alimentarse suele medir entre 3 y 5 milímetros, pero tras una buena comida de sangre puede multiplicar más de diez veces su volumen y adoptar un aspecto redondeado, abultado y de color más claro. El color también cambia según la especie y el grado de alimentación, oscilando entre tonos claros, marrón rojizo o marrón oscuro.
Existen cientos de especies de garrapatas en el mundo, y no todas pican a las personas ni transmiten patógenos. Algunas se especializan en determinados animales salvajes, otras se adaptan mejor a mascotas o ganado. En Estados Unidos, por ejemplo, hay múltiples especies repartidas por todo el país, mientras que en España predominan algunas como las del género Ixodes o Hyalomma, con gran relevancia en salud pública.
Las garrapatas esperan a sus huéspedes en zonas con hierba alta, matorrales, hojarasca, bordes de caminos, parques y jardines. No suelen caer de los árboles, como se cree a veces, sino que se sitúan en la vegetación a baja altura y se enganchan al pasar un animal o una persona.
Motivos de preocupación: ¿qué riesgo real suponen las picaduras?
El principal problema de las garrapatas no es tanto la picadura en sí, que a menudo ni siquiera se nota, sino su capacidad de transmitir virus, bacterias y protozoos. Al alimentarse de un animal infectado pueden adquirir distintos patógenos y, en una alimentación posterior, pasar esos gérmenes a otra víctima.
En humanos, las picaduras de garrapata pueden causar desde molestias leves y pasajeras hasta problemas de salud graves, duraderos e incluso potencialmente mortales. Entre las enfermedades transmitidas por garrapatas más relevantes se encuentran:
- Enfermedad de Lyme (borreliosis de Lyme)
- Fiebre maculosa de las Montañas Rocosas y otras rickettsiosis
- Ehrlichiosis
- Anaplasmosis
- Babesiosis
- Tularemia
- Encefalitis transmitida por garrapatas (ETG)
- Fiebre hemorrágica de Crimea-Congo
- Síndrome alfa-gal (alergia a la carne roja tras picadura de garrapata)
En España, las que más preocupan actualmente por su impacto o su carácter emergente son la enfermedad de Lyme y la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo. En Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) han observado un aumento espectacular de casos de enfermedad de Lyme: de unos 12.000 casos declarados al año en 1995 a más de 63.000 en 2022, estimando que la cifra real podría acercarse a las 476.000 infecciones anuales.
Algo similar ocurre en España con las picaduras de garrapata registradas. En comunidades como la Valenciana, por ejemplo, se han multiplicado por seis en el último lustro. Factores como el cambio climático, con inviernos más suaves y temporadas de calor más largas, favorecen que las garrapatas estén activas durante más meses, adelantando su temporada de actividad de mayo a abril e incluso manteniéndose activas con temperaturas inusualmente altas en invierno.
Cuándo, dónde y quién corre más riesgo de picadura
Las garrapatas son especialmente activas cuando las temperaturas son suaves o cálidas. En general, de abril a septiembre se concentran la mayoría de las picaduras, aunque en años con inviernos templados el periodo de riesgo puede ampliarse a finales del invierno y principios de otoño.
En España, el riesgo se concentra sobre todo en zonas rurales y de monte, con presencia de fauna salvaje y ganado. En entornos urbanos el riesgo es menor, aunque pueden darse casos puntuales si una garrapata llega transportada por un animal (por ejemplo, un perro, un gato o un excursionista que vuelve del campo).
En el territorio español, la enfermedad de Lyme se detecta con mayor frecuencia en el norte peninsular, especialmente en Asturias y Galicia, aunque se han notificado casos en prácticamente todas las comunidades autónomas. La fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, por su parte, se ha descrito sobre todo en áreas como Salamanca y Extremadura, sin descartar posibles infradetecciones en otras zonas.
Hay perfiles especialmente expuestos porque pasan más tiempo al aire libre en hábitats donde abundan las garrapatas:
- Excursionistas, campistas y montañeros
- Personas que trabajan en el campo, jardineros, forestales
- Cazadores, guardas rurales y ganaderos
- Vecinos de zonas periurbanas con abundante vegetación y fauna silvestre
- Niños que juegan en parques con hierba alta o zonas con matorral
En Estados Unidos, se ha visto que la expansión de los suburbios y la presencia de ciervos cerca de las viviendas incrementan el contacto entre personas y garrapatas, ya que el ciervo es un huésped clave para muchas especies de garrapatas y contribuye a su dispersión.
Qué ocurre cuando te pica una garrapata
Lo más traicionero de la picadura de garrapata es que, muchas veces, no duele ni pica en el momento. La garrapata se fija a la piel mediante sus piezas bucales, libera sustancias anestésicas y anticoagulantes y puede permanecer adherida desde horas hasta varios días.
Si la garrapata está infectada con algún patógeno, puede transmitirlo al cabo de cierto tiempo de alimentación. En el caso de la enfermedad de Lyme, por ejemplo, se estima que la garrapata debe permanecer prendida en la piel entre 36 y 48 horas o más para que la bacteria Borrelia se transmita. Si se retira la garrapata en las primeras 24 horas, la probabilidad de infección disminuye de forma notable.
Tras una picadura, el riesgo de enfermar existe, pero en términos generales es bastante bajo. Aun así, se recomienda vigilar durante unas cuatro semanas por si aparecen síntomas compatibles con alguna enfermedad transmitida por garrapatas, como fiebre, malestar intenso, dolores musculares o una erupción cutánea extraña.
En caso de duda, especialmente si aparece una erupción en forma de diana, fiebre persistente, dolor de cabeza intenso o cualquier síntoma llamativo tras haber estado en una zona de riesgo, es fundamental consultar con un profesional sanitario para valorar la necesidad de pruebas o tratamiento.
Cómo quitar una garrapata de forma segura
Si localizas una garrapata adherida a la piel, lo prioritario es retirarla cuanto antes y correctamente. Cuanto menos tiempo lleve enganchada, menor será el riesgo de transmisión de patógenos. Para extraerla, se recomienda utilizar un dispositivo específico para garrapatas o unas pinzas de punta fina.
El procedimiento recomendable es el siguiente, siempre con movimientos firmes y sin brusquedades:
- Colocar las pinzas lo más cerca posible de la piel, sujetando la garrapata por la cabeza o las partes bucales, nunca apretando el abdomen.
- Tirar hacia arriba de manera constante y perpendicular a la piel, sin girar ni sacudir.
- Intentar extraer la garrapata entera. Si se rompe y parte de la boca queda en la piel, se puede intentar extraer el resto con las pinzas; si no es fácil, es preferible dejarlo y consultar al médico.
- Una vez retirada, limpiar bien la zona de la picadura y las manos con agua y jabón o alcohol.
Es muy importante no utilizar métodos caseros como aceite, vaselina, algodón con alcohol, queroseno, aplicar calor (cerillas, cigarrillos) o tirar con los dedos. Estas maniobras pueden irritar a la garrapata y favorecer que libere más saliva o contenido intestinal, aumentando el riesgo de transmisión de patógenos.
Tras retirarla, puede ser útil conservar la garrapata en un bote con papel ligeramente húmedo, ya que en caso de enfermedad puede ayudar al diagnóstico. Además, conviene anotar la fecha y la localización de la picadura en el cuerpo, y observar durante las semanas siguientes la aparición de cualquier signo o síntoma sospechoso.
Cuándo acudir al médico tras una picadura de garrapata
Aunque la mayoría de las veces no pasa nada, es recomendable contactar con un profesional sanitario si, en los días o semanas posteriores a la picadura, aparecen síntomas como:
- Fiebre, escalofríos o sensación intensa de malestar general
- Dolor de cabeza fuerte o persistente
- Dolores musculares o articulares llamativos
- Cansancio acusado que no se explica por otros motivos
- Aparición de una erupción cutánea, especialmente si es una mancha roja que se expande o tiene aspecto de “ojo de buey”
- Náuseas, vómitos, dolor abdominal u otros síntomas digestivos tras la picadura
- Latidos cardíacos irregulares, palpitaciones o dificultad para respirar
- Hormigueos, adormecimiento de brazos o piernas, parálisis facial u otros signos neurológicos
Ante un cuadro compatible con una enfermedad transmitida por garrapatas, los médicos pueden solicitar análisis de sangre para detectar anticuerpos frente a determinados patógenos o bien iniciar tratamiento antibiótico basándose en la clínica y en los antecedentes de exposición. Hay que tener en cuenta que los anticuerpos pueden tardar semanas en aparecer, por lo que una prueba realizada demasiado pronto puede dar un falso negativo.
Por ese motivo, especialmente en las fases iniciales de la enfermedad de Lyme o de otras infecciones, se prefiere no retrasar el tratamiento cuando la sospecha clínica es alta. Un abordaje precoz suele asociarse con una recuperación más rápida y con menos riesgo de secuelas a largo plazo.
Enfermedad de Lyme: la gran protagonista
La enfermedad de Lyme es la infección transmitida por garrapatas más frecuente en muchas regiones del mundo. Está causada por bacterias del género Borrelia (como Borrelia burgdorferi) y en Europa también por otras especies relacionadas. En España y en buena parte de Europa, la transmiten principalmente garrapatas del género Ixodes; en Estados Unidos, la garrapata del ciervo (Ixodes scapularis) y especies afines son las más implicadas.
Esta enfermedad puede afectar a múltiples órganos y sistemas: piel, sistema nervioso, articulaciones, corazón y musculatura. No es simplemente una infección que se cura y se olvida; en algunos casos, si no se trata bien o si el diagnóstico se retrasa, puede dejar secuelas duraderas y muy incapacitantes.
Quién puede padecerla y cómo se contagia
Cualquier persona que pase tiempo en entornos con césped, bosques o matorrales en zonas donde haya garrapatas infectadas puede contraer la enfermedad de Lyme, sin distinción de edad. En Estados Unidos se han comunicado decenas de miles de casos desde que se hizo obligatoria la notificación y se sabe que existe una infradeclaración importante.
Las garrapatas adquieren la bacteria Borrelia al alimentarse de pequeños mamíferos o aves infectadas. Posteriormente, cuando vuelven a alimentarse de otro huésped (persona u otro animal), pueden transmitir la bacteria si permanecen adheridas el tiempo suficiente. Se estima que, por lo general, la garrapata debe llevar prendida más de 36 horas para que la transmisión sea probable.
La enfermedad de Lyme no se contagia entre personas, ni por contacto directo ni por vía respiratoria. La transmisión de madre a hijo durante el embarazo es muy poco frecuente. Tampoco se transmite por contacto con perros u otros animales infectados, aunque estos sí pueden llevar garrapatas a casa.
Síntomas iniciales y etapas tempranas
Los síntomas de la enfermedad de Lyme suelen aparecer entre 3 y 30 días después de la picadura, aunque en ocasiones pueden tardar más. En la primera fase son frecuentes manifestaciones generales que pueden confundirse con una gripe o un cuadro viral:
- Fiebre y escalofríos
- Dolor de cabeza
- Cansancio intenso
- Dolores musculares y articulares
- Ganglios linfáticos inflamados
El signo más típico, aunque no siempre presente, es una erupción cutánea llamada eritema migratorio. Suele aparecer cerca del lugar de la picadura como una mancha roja que se expande progresivamente, a veces con un aclaramiento central que le da aspecto de diana o “ojo de buey”. Se calcula que hasta un 80 % de las personas con Lyme pueden desarrollar algún tipo de erupción, pero la forma clásica en diana solo aparece en alrededor de un 20 % de los casos.
Manifestaciones tardías y posibles secuelas
Si la enfermedad de Lyme no se diagnostica o no se trata en su fase temprana, pueden aparecer síntomas semanas, meses o incluso años después de la picadura. Entre las complicaciones tardías se incluyen:
- Artritis, sobre todo en articulaciones grandes como la rodilla, con dolor e hinchazón recurrentes
- Problemas cardíacos, como alteraciones del ritmo o bloqueos de la conducción
- Afectación del sistema nervioso central o periférico: meningitis, inflamación de nervios, parálisis facial, hormigueos, adormecimiento
- Fatiga crónica y otros síntomas persistentes que pueden resultar muy invalidantes
Uno de los grandes retos de la enfermedad de Lyme es que no siempre es fácil de diagnosticar, sobre todo cuando se valora tiempo después de la fase aguda y sin una erupción típica o una picadura claramente identificada. A menudo se recurre a diagnósticos indirectos basados en la combinación de síntomas, antecedentes de exposición y pruebas serológicas, que no son perfectas.
Esta dificultad diagnóstica ha propiciado que, en algunos foros, se utilicen métodos de diagnóstico no validados, lo que lleva a sobre-diagnósticos y a situaciones complejas para médicos y pacientes. Resulta complicado descartar la enfermedad en personas con cuadros crónicos muy incapacitantes cuando están convencidas de haber padecido Lyme, y no siempre es sencillo demostrarlo de forma objetiva.
Pruebas y tratamiento de la enfermedad de Lyme
Las pruebas más habituales para el diagnóstico son análisis de sangre dirigidos a detectar anticuerpos frente a Borrelia. Como estos anticuerpos tardan en desarrollarse, los tests pueden ser negativos si se realizan demasiado pronto tras la picadura o si la enfermedad está en fase muy inicial.
Por esa razón, tanto en humanos como en perros, los profesionales sanitarios pueden optar por comenzar tratamiento antibiótico antes de disponer de todas las pruebas, basándose en los síntomas, la exploración y la existencia de una picadura reciente en zona de riesgo. Cuando se administra un antibiótico adecuado en las fases tempranas de la enfermedad, la mayoría de las personas se recuperan de forma rápida y completa.
Si el tratamiento se retrasa, disminuye la probabilidad de curación completa y aumenta el riesgo de efectos persistentes. La enfermedad de Lyme rara vez es mortal, pero puede derivar en un cuadro crónico con síntomas que se alargan durante mucho tiempo y que afectan seriamente a la calidad de vida.
Fiebre hemorrágica de Crimea-Congo y otras enfermedades graves
Además de la enfermedad de Lyme, en España hay especial preocupación por la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo, una infección causada por un virus transmitido por garrapatas del género Hyalomma. A diferencia de la Lyme, en este caso se trata de una enfermedad viral con una mortalidad que puede alcanzar el 40 % en algunos brotes.
Los síntomas iniciales incluyen fiebre alta, mareos, vómitos, fuerte dolor de cabeza, molestias en ojos y cuello y dolores intensos en la espalda y las piernas. Posteriormente pueden aparecer hemorragias y alteraciones graves en múltiples órganos. Un aspecto importante es que esta enfermedad, además de transmitirse por picadura de garrapata, puede contagiarse entre personas por contacto con sangre u otros fluidos de un paciente infectado.
En España se han identificado varios casos desde 2016 y se considera una enfermedad emergente, con probabilidad de que su número aumente en los próximos años. Por ello, el plan nacional de enfermedades transmitidas por vectores ha puesto el foco en la vigilancia de estos casos y en mejorar la detección.
Otras enfermedades relevantes en distintas zonas del mundo son la fiebre maculosa de las Montañas Rocosas, la ehrlichiosis, la anaplasmosis y la babesiosis. La fiebre maculosa, por ejemplo, puede contraerse en gran parte de Estados Unidos y es potencialmente mortal si no se trata. Cursa con fiebre, dolor de cabeza, dolor muscular, náuseas, vómitos, dolor abdominal y una erupción característica que suele aparecer pocos días después del inicio de la fiebre.
La anaplasmosis y la ehrlichiosis comparten muchos síntomas: fiebre, malestar general, dolores musculares, dolores de cabeza, escalofríos, molestias digestivas y, en algunos casos, erupciones en la piel. Los síntomas suelen presentarse 1 o 2 semanas después de la picadura y su combinación varía de una persona a otra. Estas enfermedades se tratan también con antibióticos específicos y, de nuevo, la detección temprana es fundamental.
Enfermedades transmitidas por garrapatas en perros y gatos
Las garrapatas no solo suponen un problema para los humanos, también pueden afectar a las mascotas. Los perros son particularmente vulnerables a ciertas enfermedades transmitidas por garrapatas, entre ellas la enfermedad de Lyme.
En los perros, los síntomas típicos de la Lyme incluyen cojera por inflamación de las articulaciones, fiebre, apatía y pérdida de apetito. En algunos casos, pueden desarrollar enfermedad renal grave potencialmente mortal. Por ello, en zonas de riesgo, se recomienda que los perros se sometan a pruebas de cribado anuales, incluso aunque parezcan sanos.
Para reducir el riesgo en las mascotas, se aconseja consultar cómo eliminar las garrapatas en gatos:
- Revisar al perro con frecuencia, especialmente tras paseos por el campo: cuello, orejas, párpados, cola, axilas, ingles y entre los dedos.
- Evitar que el animal deambule por áreas muy infestadas de garrapatas cuando sea posible.
- Utilizar productos antiparasitarios durante todo el año: pipetas, comprimidos orales o collares antigarrapatas, siempre bajo consejo del veterinario.
Existen también vacunas frente a la enfermedad de Lyme en perros, aunque no para gatos. El veterinario valorará si conviene vacunar en función del riesgo de la zona y del estilo de vida del animal. En el caso de los gatos, la enfermedad de Lyme es mucho menos frecuente y su susceptibilidad aún se sigue investigando. No obstante, si el gato sale al exterior, es recomendable mantener medidas de protección similares a las de los perros, ya que las garrapatas que llevan pueden pasar a las personas y transmitir otras enfermedades.
Es importante aclarar que, a diferencia de lo que pueda pensarse, el riesgo para las personas no viene “del perro” en sí, sino de la posible presencia de garrapatas en el entorno. Un perro bien protegido con collares o tratamientos antiparasitarios suele sufrir menos picaduras, y muchas de las especies implicadas en la enfermedad de Lyme o en la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo ni siquiera afectan a los perros, aunque sí a otros animales y a humanos.
Cómo prevenir las picaduras de garrapata
La mejor forma de evitar problemas es reducir al máximo la probabilidad de picadura. Cuando vayas a zonas de riesgo (bosques, campos con hierba alta, senderos poco transitados, áreas rurales…), conviene seguir una serie de recomendaciones sencillas:
- Evitar, en lo posible, caminar entre matorrales densos, hierba alta o zonas muy cubiertas de hojas secas.
- Caminar por el centro de los senderos, evitando rozar los bordes y la vegetación.
- Usar ropa de colores claros para ver mejor si alguna garrapata se sube a la ropa.
- Llevar pantalones largos, camisas de manga larga y calzado cerrado; meter la parte baja del pantalón dentro de los calcetines y la camisa dentro del pantalón para dificultar el acceso de las garrapatas a la piel.
- Ponerse un sombrero si se va a caminar entre maleza donde pueda haber garrapatas que suban por la ropa hasta la cabeza.
Además de la barrera física que supone la ropa, son muy útiles los repelentes de insectos de eficacia demostrada. Los productos con DEET, picaridina u otros repelentes registrados en agencias reguladoras (como la EPA en Estados Unidos) son eficaces para disminuir el número de picaduras. También se emplean productos con permetrina al 0,5 % para tratar la ropa y el equipo: en este caso, no se aplican sobre la piel, sino sobre tejidos, y tienen la ventaja de matar garrapatas e insectos que entran en contacto con la prenda.
Es fundamental seguir las indicaciones de la etiqueta de cada producto: utilizar la mínima cantidad necesaria, no reaplicar si no hace falta, evitar el contacto con ojos y mucosas y tener especial cuidado con los niños (no aplicarlo directamente en sus manos, no usar concentraciones muy altas de DEET, etc.). Los repelentes con aceites vegetales (citronela, geranio, cedro, soja, hierba limón…) también existen, pero hay menos datos sobre su eficacia y seguridad a largo plazo.
Después de pasar tiempo al aire libre, se recomienda consultar cómo eliminar pulgas y garrapatas de casa:
- Quitarse la ropa nada más llegar a casa, lavarla y secarla a alta temperatura para matar posibles garrapatas.
- Revisar cuidadosamente el cuerpo frente a un espejo: cuero cabelludo, detrás de las orejas, cuello, axilas, cintura, ingles, detrás de las rodillas y entre los dedos de los pies.
- Revisar también a los niños y a las mascotas que hayan estado jugando en el exterior.
- Si se encuentra una garrapata caminando sobre la piel pero aún no se ha enganchado, se puede retirar sin mayor preocupación.
No existe, a día de hoy, una vacuna autorizada para prevenir la enfermedad de Lyme en personas en Estados Unidos ni en España. Por tanto, la combinación de protección física, repelentes y revisión exhaustiva después de las actividades al aire libre sigue siendo la herramienta más efectiva para minimizar el riesgo.
Al final, convivir con las garrapatas es inevitable en muchas zonas, pero con buena información, revisiones rutinarias, una ropa adecuada, el uso prudente de repelentes y la vigilancia de síntomas tras una picadura, es perfectamente posible seguir disfrutando del campo, de los parques y de nuestras mascotas manteniendo bajo control el riesgo de enfermedades transmitidas por estos pequeños parásitos.
