Que perros y gatos no pueden llevarse bien es un mito muy extendido. Es cierto que, sobre todo si los primeros son o van a ser grandes, hay que vigilarlos mucho para que no hagan daño a los felinos, pero también hay que estar pendientes de los segundos, puesto que no sería la primera vez que ocurre un accidente. Con paciencia, preparación y respeto a los tiempos de cada animal, la convivencia puede ser estable e incluso muy cariñosa.
Pero precisamente para evitar problemas te voy a dar varios consejos sobre cómo criar a un perro con un gato. Así, te será mucho más fácil tener a estos dos peluditos en casa, tanto si llegan al hogar a la vez como si ya convive uno de ellos contigo y vas a incorporar al otro.
Adóptalos siendo cachorros

Siempre que sea posible, hay que llevarlos a casa siendo cachorritos, ya que será cuando menos les cueste adaptarse y acostumbrarse a la presencia del otro. Durante las primeras semanas de vida, perros y gatos atraviesan su periodo de desarrollo social más intenso, y lo que conozcan en esa etapa lo integran como parte normal de su vida.
Además, como serán tan jóvenes, podrán hacerse amigos durante los primeros días que convivan, puesto que nadie les ha enseñado todavía a mantenerse alertas ante un perro o gato, de modo que no se verán como una amenaza. Un cachorro de perro que crece viendo gatos, y un gatito que crece viendo perros, tienden a aceptarse como familia y no como presas o intrusos.
Ahora bien, incluso entre cachorros es importante marcar ciertas pautas desde el primer día. Resulta muy útil que el perro aprenda pronto que los gatos no son juguetes ni presas, sino compañeros con los que se convive. Reforzar con premios y caricias cada vez que el perro se acerque con calma al gato, o lo ignore cuando está descansando, ayuda a que esa idea quede bien grabada.
Si en casa ya hay un perro o gato adulto y el nuevo miembro es un cachorro, también suele ser más fácil que se adapten. El animal veterano, con buena gestión, puede aprender a tolerar al pequeño siempre que se respete su espacio y se eviten celos. En estos casos, será esencial dedicarle tiempo extra al animal que ya vivía en casa para que no sienta que ha sido desplazado.
Tenlos separados si es necesario

Si no nos termina de convencer mucho lo comentado arriba, ya sea porque hace tiempo que convivimos con un peludo y no sabemos cómo reaccionará o porque uno de los dos nos han dicho que es nervioso por naturaleza, podemos tenerlos separados unos días (no más de 4) en una fase inicial muy controlada.
Llevaremos a uno de los dos a una habitación con agua, comida, cama y un arenero en caso de que sea gato. Este espacio funcionará como zona segura, donde pueda descansar y recuperarse sin la presión del otro animal. Es importante que no sea el lugar favorito de la mascota que ya vivía en casa para reducir conflictos territoriales.
Cubrimos ambas camas (la del animal que se haya quedado encerrado y la del que se haya quedado libre) con una manta que iremos intercambiando a partir del segundo día. De este modo, se irán acostumbrando al olor del otro sin contacto directo, algo que reduce mucho el estrés, sobre todo en los gatos, muy sensibles a los cambios.
También se puede colocar la comida de ambos a lados opuestos de una misma puerta. Así, asocian el olor del otro animal con algo agradable como comer. El siguiente paso, si la casa lo permite, es usar una barrera física ligera (como una puerta para bebés) que impida el contacto pero permita que se vean y se huelan a través de ella.
Al tercer o cuarto día los reuniremos y veremos qué tal van. Si gruñen, se les eriza el pelo y/o están muy tensos o agresivos, los mantendremos un día más separados y seguiremos con la exposición gradual a través de olores y breves contactos visuales. En casas muy abiertas, donde no haya muchas puertas, es aún más importante organizar rincones elevados y rutas de escape para el gato, así como tener al perro siempre sujeto con correa en las primeras interacciones.
En caso de duda deberemos consultar con un etólogo canino y/o felino, sobre todo si alguno muestra reacciones desproporcionadas (ataques directos, persecuciones intensas, bloqueos de miedo…). Intervenir a tiempo evita que una mala experiencia inicial se convierta en un trauma difícil de corregir después.
No los dejes solos
El perro, aunque sea pequeño, tiene una mandíbula más fuerte que la del gato; pero éste tiene unas garras con las que puede hacer también mucho daño. Para evitar problemas siempre es importante que haya un humano adulto con ellos durante las primeras semanas, especialmente en todos los encuentros cara a cara.
Este adulto debe interactuar con ambos: jugar con ellos con un juguete, dándoles cariño al mismo tiempo y, en definitiva, procurando que estén bien. La presencia calma y coherente de la persona de referencia hace que asocien la presencia del otro animal a momentos positivos, como juegos de olfateo para el perro, cañas de plumas para el gato, o premios suaves para los dos.
Al principio, es recomendable hacer sesiones cortas de convivencia y prolongarlas de forma gradual según veamos que se relajan en compañía del otro. Durante estas sesiones, es útil que el perro tenga puesta una correa o arnés para poder redirigirlo con suavidad si se excita demasiado, y que el gato disponga de muebles altos o rascadores donde refugiarse sin sentirse acorralado.
No debemos dejarlos solos hasta que ambos puedan convivir sin mostrar señales de tensión: persecuciones, bufidos constantes, gruñidos, colas muy erizadas o miradas fijas y rígidas. Dependiendo del carácter y de las experiencias previas, pueden tardar horas, días o incluso semanas en acostumbrarse. La clave es no tener prisa y priorizar siempre la seguridad.
Si en algún momento se produce una pelea o un susto grande, es como retroceder varios pasos. Lo mejor es separar en calma, evitar gritos o castigos, y volver a una fase más básica de presentaciones usando olores y barreras físicas. Evitar estos conflictos fuertes desde el inicio mediante un manejo progresivo es fundamental para el éxito a largo plazo.
Utiliza sus olores

Cuando convivimos con dos animales de dos razas tan distintas, hay que aprovecharse de algo que tengan en común para que se lleven bien lo antes posible, que en este caso es guiarse por el olor corporal, por las feromonas. Las feromonas son las que le indican al otro peludo que ese perro o ese gato se siente tenso, feliz, relajado.
Cada especie animal tiene las suyas propias, pero hay algunas que son muy similares, como las relacionadas con la calma y la tranquilidad. Por eso, cuando estén muy relajados es muy aconsejable acariciar a uno, después al otro y volver al primero. Haciéndolo así cada día, llegará un momento en que el olor corporal del gato se mezclará con el del perro, originando así un nuevo olor compartido: el que les diga que son familia.
Antes de que se conozcan en persona, también puede ayudar acercarles objetos impregnados con el olor del otro: mantitas, juguetes, camas o incluso un paño suave con el que hayamos acariciado a uno y luego al otro. Conviene evitar que estos objetos con olor “extraño” invadan las zonas de máximo descanso del gato al principio, para no generarle rechazo.
En casas con varios animales, es especialmente útil que cada uno tenga sus propios recursos bien diferenciados: comedero, bebedero, cama y, en el caso del gato, arenero fuera del alcance del perro. Muchos perros se sienten atraídos por la arena y las heces de gato, así que colocar el arenero en una zona elevada o tras una barrera de acceso solo felino reduce tensiones y problemas higiénicos.
Si alguno de los dos animales es muy sensible o ha tenido malas experiencias previas, también se pueden utilizar difusores de feromonas sintéticas específicas para perros o para gatos, recomendadas por el veterinario. Estos productos ayudan a crear un ambiente más relajado y facilitan que acepten mejor los nuevos olores y la presencia del otro peludo.

Esperamos que estos consejos te hayan servido para entender que, con preparación, respeto a los tiempos de cada animal y un manejo cuidadoso del espacio, el olor y las primeras interacciones, perros y gatos pueden pasar de ser completos desconocidos a compañeros de vida que conviven sin conflictos e incluso comparten siestas y juegos.