Vamos a ser sinceros: los gatos son expertos en ocultar el dolor, algo que por otra parte es comprensible si tenemos en cuenta que, cuando vivían en su hábitat natural, debían hacer lo posible para mantenerse con vida. Mostrar debilidad en la naturaleza salvaje a menudo significa el fin de ese animal, de modo que desarrollar la capacidad de esconder el sufrimiento les ofrecía una clara ventaja para sobrevivir frente a depredadores y otros gatos.
Hoy en día, muchos felinos viven en hogares donde cuentan con humanos que los cuidan y adoran, pero su organismo y su comportamiento siguen guiados por ese mismo instinto de autoprotección. Por eso, aunque disfruten de una vida doméstica cómoda, continuarán disimulando el dolor siempre que puedan. Como consecuencia, detectar a tiempo que algo no va bien puede ser complicado si no sabemos exactamente qué observar.
Todo tiene su explicación, y en este caso el responsable es el instinto de supervivencia felino, que no se puede apagar ni cambiar aunque las condiciones de vida hayan mejorado. No depende de la situación actual de cada gato, sino de la evolución de la especie. Para ayudarte, a continuación te vamos a decir los 6 signos de dolor en gatos más comunes y, además, ampliaremos la información con otras señales físicas y comportamentales importantes, para que puedas saber cuándo es el momento de llevarlo al veterinario y qué tipo de dolor podría estar sufriendo.
No se asean con la misma regularidad

El aseo para los gatos es muy importante; de hecho, es una de las actividades a las que dedican más tiempo a lo largo del día. Mantener el pelaje limpio y libre de nudos no solo es una cuestión de higiene, sino también de bienestar emocional: un gato que se acicala con normalidad suele sentirse seguro y relativamente cómodo.
Cuando un felino sufre dolor, especialmente si afecta a su columna vertebral, caderas o articulaciones, puede dejar de llegar con facilidad a ciertas zonas del cuerpo. Esto provoca que el ritual de limpieza se reduzca o se vuelva irregular. Si el pelaje se ve menos brillante, erizado, con aspecto mate, con pequeños enredos o incluso áspero, seguramente es porque le ocurra algo. A menudo el cambio comienza en la zona lumbar, pelvis y patas traseras, ya que retorcerse para lamerse esa parte puede ser muy molesto cuando hay artrosis u otro problema musculoesquelético.
En gatos de edad avanzada, una de las causas más frecuentes de esta falta de aseo es la osteoartritis o artrosis, una enfermedad crónica dolorosa de las articulaciones que dificulta los movimientos de giro, salto y flexión. Si tu gato mayor de pronto presenta un manto descuidado, con menos suavidad y menor brillo, es fundamental consultar con el veterinario para descartar dolor crónico y recibir tratamiento adecuado.
Por otro lado, algunos gatos hacen lo contrario: se lamen en exceso zonas doloridas, llegando incluso a provocar calvas o irritaciones en la piel. Este lamido compulsivo puede indicar molestias articulares, dolor abdominal o incluso dolor neuropático, por lo que también merece una revisión profesional.
Se hace visible el tercer párpado

El tercer párpado, o membrana nictitante, es una estructura de color blanquecino o ligeramente rosado que se encuentra en la comisura interna del ojo. Normalmente pasa desapercibida, ya que permanece retraída y solo se despliega de forma muy breve cuando el gato parpadea o necesita una protección extra en el globo ocular.
Esta membrana se hace visible cuando los gatos se encuentran débiles de salud, sobre todo cuando tienen fiebre, están deshidratados o sienten dolor importante. Ver el tercer párpado en uno o ambos ojos, sin causa aparente y durante más tiempo de lo habitual, es una clara señal de que algo no va bien a nivel sistémico.
Además del dolor, la presencia constante del tercer párpado puede estar asociada a enfermedades infecciosas, alteraciones neurológicas, problemas digestivos severos o intoxicaciones. En cualquier caso, se trata de un signo de alarma que requiere valoración veterinaria cuanto antes, especialmente si se acompaña de apatía, falta de apetito u otros cambios de comportamiento.
Producen saliva en exceso

Si tienen alteraciones en la boca, ya sea por una gingivitis u otros problemas buco-dentales, uno de los síntomas más frecuentes es la excesiva producción de saliva, que puede ir acompañado por una pérdida de apetito. Esta salivación abundante se conoce técnicamente como sialorrea o tialismo, y suele ser muy llamativa: el gato puede tener el mentón mojado, babear al comer o dejar pequeños charcos donde descansa la cabeza.
Entre las causas más habituales se encuentran las enfermedades dentales dolorosas (como periodontitis, úlceras en la boca o estomatitis), cuerpos extraños clavados en la cavidad oral, intoxicaciones, náuseas intensas o incluso dolor abdominal severo. Muchos gatos con dolor en la boca, además, dejan de cepillarse bien, comen más lento o evitan alimentos secos porque les resultan molestos.
En gatos que antes comían con normalidad, notar cambios en la forma de masticar, mal aliento intenso, rechazo a ciertos alimentos o salivación excesiva es motivo suficiente para programar una consulta veterinaria. Un tratamiento temprano no solo alivia el dolor, sino que previene que el problema se convierta en crónico o derive en infecciones más graves.
Están agresivos

Si cambian de comportamiento casi de un día para otro, puede ser que estén estresados, ansiosos o que tengan dolor en alguna parte de su cuerpo, el cual se hará más intenso al acariciarlos por la zona afectada. Un gato que siempre ha sido sociable y de repente se muestra huidizo, irritable o incluso llega a arañar o morder al mínimo contacto, está comunicando que algo le incomoda seriamente.
Estos cambios se observan sobre todo cuando el dolor es crónico o afecta a áreas que tocamos con frecuencia, como la espalda, caderas, abdomen o extremidades. Algunos gatos dejan de tolerar que los cojan en brazos, otros responden con bufidos al intentar cepillarlos o acariciarlos donde antes disfrutaban. Esta agresividad no es un “mal carácter” repentino, sino una estrategia para evitar el estímulo doloroso.
También es habitual que disminuya el marcaje afectivo: el gato se frota menos contra muebles y personas, evita el contacto prolongado y limita sus interacciones a lo estrictamente necesario. Cuando el bienestar disminuye, todo comportamiento social que implique movimiento extra o manipulación puede volverse aversivo.
Si tu felino se aísla más, deja de interesarse por sus juguetes, por los pájaros que ve desde la ventana o por la compañía humana, y además se muestra más arisco, es fundamental valorar la posibilidad de dolor físico además de causas emocionales.
Maúllan más de lo normal

Hay gatos bastante parlanchines a los que les gusta mucho mantener «conversaciones» con sus humanos, pero cuando maúllan más de lo normal es un signo de dolor emocional o malestar físico. Es la manera que tienen de decirnos que necesitan que les dediquemos más tiempo o que algo no marcha bien. Este aumento de vocalizaciones puede ser especialmente evidente en gatos que antes eran silenciosos.
En el caso del dolor agudo repentino (por ejemplo, una herida, un golpe fuerte o un cólico), algunos gatos emiten maullidos intensos, gritos o sonidos muy agudos en el momento en que se produce el problema. También pueden cojear de repente, esconder la cola, bajar las orejas o buscar un lugar donde resguardarse.
Cuando el dolor es crónico, como en las enfermedades articulares o ciertos trastornos internos, los maullidos suelen ser más persistentes, a veces concentrados en determinados momentos del día o de la noche. Pueden ir acompañados de insomnio, deambulación nocturna o cambios en el uso del arenero.
Además, en gatos mayores el aumento de vocalizaciones nocturnas puede indicar tanto dolor crónico como deterioro cognitivo o problemas sensoriales, por lo que una revisión completa ayudará a diferenciar cada causa. Tampoco se puede descartar que sea un signo de dolor aunque parezca “solo” una queja para pedir atención, por lo que una visita al veterinario no estaría de más.
Adoptan posturas antiálgidas para aliviar el dolor

Cuando el dolor se vuelve muy intenso los gatos adoptarán posturas antiálgidas, es decir, formas de colocar el cuerpo para tratar de aliviarlo. Por ejemplo, tener el cuerpo encorvado o con las patas delanteras estiradas son maneras que tienen de sentirse algo mejor. Un gato con dolor abdominal puede permanecer tumbado de forma rígida, con el vientre protegido, mientras que uno con dolor de espalda tenderá a arquear el lomo o evitar girarse.
Otros signos posturales frecuentes incluyen la cabeza más baja que los hombros, orejas algo ladeadas hacia los lados, ojos entrecerrados y bigotes tensos y dirigidos hacia delante. Esta combinación de rasgos faciales forma parte de lo que en medicina felina se conoce como “escala de Grimace”, un sistema que evalúa la expresión del gato para estimar la presencia e intensidad del dolor.
Además de estas posturas, es común que el gato reduzca su movilidad diaria: sube menos a muebles altos, evita saltar a alféizares o estanterías, pide que lo cojan para acceder a sitios donde antes llegaba solo o prefiere realizar varios pequeños saltos en lugar de uno grande. También puede mostrarse reacio a subir o bajar escaleras, o a entrar en una caja de arena con bordes altos, porque cada movimiento le resulta incómodo.
Cuando dejan de usar el arenero y comienzan a orinar o defecar en otros lugares de la casa, muchas veces no se debe a “mala conducta”, sino a que acceder al arenero les causa dolor. En estos casos, conviene bajar la altura de entrada, acercar la bandeja a la zona donde pasan más tiempo y, por supuesto, consultar con el veterinario para tratar la causa de fondo.
Esperamos que te haya sido de utilidad y puedas identificar los signos de dolor en gatos más fácilmente. Observar con atención los cambios en su aseo, en su postura, en la forma de moverse, en su relación contigo y en la expresión de su cara te permitirá detectar antes cualquier molestia, buscar ayuda profesional a tiempo y ofrecerle a tu compañero felino una calidad de vida mucho mejor incluso cuando aparezcan enfermedades crónicas o problemas asociados a la edad.